Tenía apenas algunos doce años cuando me dijo mi mamá que íbamos a tomar unas vacaciones a su tierra natal. Estaba yo muy contenta por supuesto. En aquel día yo era una niña que vivía sin muchos lujos, sin grandes vacaciones o grandes y especiales experiencias. En tal lugar mis amigas y amigos regresaban de las vacaciones con cuentos extraños, divertidos y únicos. Me la pasaba escuchando los cuentos de los demás. Entonces no se me puede culpar por haber dicho algunos cuentos creativos. Pues también quería participar.
Pero al fin iba tener mis propias vacaciones y al fin no iba tener que mentir. Solo quería un buen cuento para poder impresionar a mis amigos. Para poder decir lo menos me fui de México con más que suficientes cuentos para agarrar la atención de mis compatriotas. Al principio me impresionaron los animales del rancho, los grandes caballos, el camino peligroso que tomamos por las escuras en los caballos, tan oscuro que no podía distinguir una cosa de otra. Luego una noche mis tíos y mi mamá contaron cuentos espantosos de tesoros y lumbres escondidos por la tierra, de espantos y fantasmas. Me quede espantada y sorprendida, hay mucha más historia por contar y publicar de la tierra natal de mí mamá. Por el día mí hermano fue perseguido por un toro enloquecido y yo córrete a un caballo reparando. Pero también tuve una experiencia con un, no, con algunos alacranes. Me tocó dormir en la vieja cocina hecha de adobe. Se notaba que era un día una cocina porque todavía tenía la chimenea y la estufa. Entonces me dio mucho miedo porque por el día ya había visto cucarachas caminando por el cuarto. La primera noche me dormí con mi mamá y tuve una experiencia espantosa. Al ya descansar nuestras cabezas y cuerpos nos dimos la señal de la cruz y rezamos. Pero al pagar la vela, no tenían electricidad mis tíos, dijo mi tía cuidado con los alacranes. ¿Quería gritar, cómo que cuidado con los alacranes? Entonces, no pude dormir. Estaba un poco satisfecha que tenía mi propia cobija, porque me tape tan bien que ni una hormiga podía meterse debajo de mis cobijas. A los cinco minutos mí tía se levantó, se le había olvidado a cerrar la cocina. Al prender la vela me destape a encontrar un alacrán el tamaño de la mitad de mí mano. Grite y grite. Al fin iba tener un buen cuento para impresionar a mis amigos.
Monday, October 8, 2007
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